martes, 25 de noviembre de 2014

Verdades desde la cuna

En mis días de instituto recuerdo que teníamos que aprender la vertiente filosófica del concepto de libertad. Teníamos que estudiar a los filósofos que opinaban que el hombre era libre por naturaleza y a los que no, y como justificaban en cada caso su postura. Odiaba aquella asignatura. Pues bien, ahora me tomo la libertad, y valga la redundancia, de hablar sobre ella.


La fotografía fue tomada en Werfen (Austria) en 2009


-¡Bien! ¡Por fin libre! Ya no sabía qué más hacer para entretenerme. Nueve meses dentro de la barriga de mamá se hacen muy largos. Pero al final ha valido la pena y ¡por fin soy libre para hacer lo que quiera!

-¡Pst! ¡Pst!

-¿Eh?

-Hola.

-¿Quién es? ¿Dónde estás?

-Estoy un poco más arriba de donde estás tú.

-¡Iiiiihhh! No puedo girar la cabeza. Me pesa mucho. ¡Qué rabia!

-No importa, tampoco me verías.

-¿Por qué no? ¡Ostras! ¡Si no veo! ¡Soy ciego! ¡Sólo veo manchas!

-No, no eres ciego, tienes que darle tiempo para poder ver.

-Vaya que susto. Pues anda que empezamos bien: medio ciego y paralítico.

-Tranquilo que esto luego mejora.

-Bueno, ¿y tú quien eres?

-Soy tu primo Lucas. He venido con mis padres para conocerte.

-¿Hace mucho que llegaste tú?

-Unos seis meses.

-¿Tanto? ¡Ya debes hacer de todo!

-No creas, las cosas van más despacio de lo que me imaginaba.

-Oye Lucas, ¿y a mi qué nombre me han puesto?

-Me ha parecido oír que te llamaban Guillermo.

-¿Guillermo? ¡No me fastidies! ¡Me llamarán Guille! Yo quería un nombre más tradicional, como Rogelio.

-...

-¿Estás ahí?

-Sí sí, sigo aquí.

-Oye, ¿y cómo es que podemos hablar?

-Se ve que mientras somos bebes aún estamos conectados.

-Eso está muy bien, ¿no?

-Espera a que alguno de esos se ponga a llorar.

-Bueno, ¿y qué tal la libertad? Yo me moría de ganas de salir, poder respirar profundamente y disfrutar del aire... Sssssssss... Bueno, este aire es un poco raro, pero da igual. Quiero hacer un montón de cosas: descubrir el mundo, conocer gente... ¡Disfrutar de mi libertad!

-Guille, ¡perdón! quería decir Guillermo, no te quiero desilusionar, pero por el tiempo que llevo aquí he visto que no es tan sencillo como te imaginas.

-¿No? ¿Y por qué no? Si bajamos aquí es precisamente por eso, ¿no?

-Antes tal vez sí, ahora las cosas han cambiado.

-¿Qué quieres decir?

-No sé, si quieres te cuento lo que he visto hasta ahora.

-A ver, dime.

-Para empezar no te creas que enseguida vas a poder hacer lo que te venga en gana; los primeros dieciocho años tendrás que depender de tus padres. Ellos te dirán qué puedes hacer y qué no.

-Bueno, eso lo entiendo porque… ¡Espera un momento! ¿Has dicho dieciocho años? ¿Eso cuantos días son?

-Pues unos... trescientos y pico más trescientos y pico más tres... Bastantes.

-¡Buf! Al menos luego ya podré hacer lo que quiera, ¿no?

-Bueno...

-¿Qué ocurre?

-He descubierto que las personas no podemos hacer exactamente lo que queramos.

-No te entiendo.

-Se ve que se han inventado unas normas que todo el mundo tenemos que cumplir.

-¿Normas?

-Sí, dicen qué está bien y qué está mal, donde puedes ir y donde no, cosas así.

-¿Me estás diciendo que no podré ir adonde quiera? ¡Menuda tontería!

-Es que al parecer todos los lugares tienen su dueño.

-Está claro que no me meteré en casa de nadie. Yo me refiero a moverme con libertad por el mundo.

-Pues eso mismo, no se conforman con tener un lugar donde vivir: los campos tienen dueño, los bosques también, las montañas..., hasta los animales.

-¿Cómo? ¿Pero quién nos creemos que somos? ¿Los amos del planeta?

-Pues más o menos.

-Entonces, cuando me quiera hacer una casa para vivir, ¿cómo lo voy a hacer?

-Tendrás que comprar el sitio a su propietario.

-¿Y eso por qué? Nos tendríamos que repartir el espacio entre todos, ¿no?

- Pues me temo que ya está todo repartido.

-No lo entiendo, ¿qué necesidad tenemos de poseer cosas que no nos pertenecen? Si nosotros estamos solamente de paso por aquí. ¿Tú lo entiendes?

-Por lo que he visto hasta ahora, se ve que cuantas más cosas tengas más te respetan.

-Me cuesta mucho comprenderlo. No le veo el sentido. ¡Espera! ¡Ah, ya lo he pillado! ¡Me estás gastando una broma!

-¿Broma? No, no, qué va.

-¿Seguro? A ver, mírame a los ojos.

-Si es lo que estoy haciendo todo el rato.

-¡Mierda! Es verdad, que no veo.

-…

-Entonces, si por lo visto no puedo ir adonde quiera, por lo menos podré escoger a qué dedicarme para ganarme la vida, ¿no?

-Sí, bien, en parte, trabajar podrás trabajar de lo que más te guste, pero para ello tendrás que pedir permiso y después dar parte del trabajo a unos señores que se encargan de gobernar al resto.

-¿Me estás diciendo que unos gobiernan a los demás? Habrá sido por la fuerza, ¿no?

-No, no, ellos mismos así lo han decidido y aceptan lo que aquellos digan.

-¿Me estás tomando el pelo?

-Nooo.

-Entonces, ¿por qué lo han hecho?

-Por lo que he visto, han entregado su libertad a cambio de otras cosas.

-¿Y qué puede ser más importante que la libertad?

-A cambio de protección, de un lugar donde ser atendido si nos ponemos enfermos, de un suelo liso por el que andar, de ciertas comodidades para desplazarnos y de cosas por el estilo.

-¡Pero a cambio de nuestra libertad! Por lo menos podré escoger, ¿no?

-¡Qué va! Allí donde naces has de cumplir con sus normas. Esas que han creado y que todo el mundo debe cumplir, donde dice qué está bien y qué está mal, qué es lo que está permitido, por no decir que han creado barreras para protegerse de las personas que viven lejos.

-¿Protegerse de otras personas? ¿Pero qué tontería es esa?

-Ya ves.

-Espera un momento, a ver si me aclaro. ¿Me estás diciendo que no podré moverme libremente por todo el mundo sin tener que pedir permiso?

-Así es.

-¿Que no podré hacerme mi casa donde quiera porque todo tiene propietario?

-Ajá.

-¿Y que para ganarme la vida tendré que dar parte de mi trabajo a unas personas que además me dicen qué puedo y qué no puedo hacer?

-Sí.

-Y por lo visto, no puedo escoger otra opción, ¿verdad?

-Veo que lo has captado.

-¿Pero por qué? ¡Yo no quiero eso! ¡No quiero normas! Yo quiero vivir sin que me digan qué puedo hacer y qué no. Quiero decidir por mi cuenta las cosas que están bien y las que están mal.

-Pues si no cumples las normas entonces te castigan quitándote tus pertenencias o encerrándote en lugares de los que no se puede salir.

-La gente debe tener mucho miedo.

-La verdad es que no. Ellos viven felices así, no parece que les importe demasiado haber perdido la libertad y son felices con sus comodidades. Además, me he dado cuenta de que viven rodeados de artefactos con los que se quedan abstraídos durante gran parte del día, con los que dicen que pueden hacer de todo, pero a mí me da la sensación de que están siendo manipulados a través de ellos.

-Estoy muy asustado, Lucas.

-Bueno…, hay una cosa positiva en todo esto.

-¿Sí? ¿Cuál es?

-Que esto que te he explicado se nos olvidará con el tiempo.


*         *          *


Hace tiempo descubrí el placer de escuchar música de piano (por el momento moderna, el gusto por la clásica todavía me tiene que llegar), tanto de autores "puros", como de multiinstrumentistas que usan el piano como base. He escuchado a Mertens, Einaudi, Yiruma, Costlow, Paternini, Tiersen e incluso alguna que otra banda sonora de película japonesa, incluyendo anime, en las que el piano toma un lugar preferencial. Y sin embargo, quien por el momento se ha encumbrado a la cima en mis preferencias pianísticas es un maestro italiano que en nuestro país (y por el momento) no tiene el reconocimiento que creo que se merece. Su nombre es Roberto Cacciapaglia y de entre sus piezas imprescindibles se encuentra este "Wild side" que a mi modo de ver ilustra magníficamente mi idea de libertad.




Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una  

sábado, 4 de octubre de 2014

Una de motos y zapatos

Una de las propuestas iniciales para el nombre de este blog fue "Una historia en cada rincón", con la intención de capturar aquellas situaciones, encuentros, anécdotas, en definitiva aquellas pequeñas historias que diariamente surgen, como dice el título, en cualquier rincón de nuestra ciudad, y que dejan un rastro en aquel lugar.

La fotografia fue tomada en Olot en 2014

-Papá.

-Dime hijo.

-Te quería contar una cosa.

-¿Sí?

-Verás, ya sabes que desde siempre he querido tener una moto y ahora que ya tengo dieciséis años ya puedo llevar una.

-Ajá.

-Es que hay una que hace tiempo que me gusta... y bueno... con el dinero que tengo...

-Hijo -interrumpió su padre a la vez que se sentaba junto a él-, deja que te explique una historia real que te servirá para saber lo que tienes que hacer para conseguir esa moto o cualquier cosa que quieras en la vida.

-¡Ah! Vale -dijo su hijo sorprendido.

-Pues esto era una chica, joven, un poco mayor que tú, que se había emancipado y vivía sola en un piso de alquiler. Había encontrado un trabajo en el que no ganaba mucho pero que le permitía tirar para adelante. El caso es que un día la invitaron a una fiesta de gala en la que podría conocer mucha gente nueva, y alguna de ella bastante importante. Sabía que tenía que ir muy arreglada y para ello tenía previsto de llevar el mismo vestido que usó en la boda de su hermana, hacía un par de años. Sin embargo le faltaban unos zapatos que le fueran a juego. Un día, poco antes de la fiesta, fue a la zapatería y vio en el escaparate unos preciosos zapatos de tacón alto y de color dorado que pensó le quedarían de muerte con su vestido. Ella enseguida se enamoró de ellos y rápidamente entró en la tienda para probárselos. Y le quedaban de maravilla, parecía como si los hubieran hecho especialmente para ella. Al momento pensó que vestida con aquellos zapatos llamaría la atención de mucha gente. Entonces preguntó su precio y le dijeron que costaban 200 euros. Esa era una cantidad que no se podía permitir porque como te he dicho antes andaba siempre muy justa de dinero. La chica se llevó una gran desilusión y tuvo que asumir que no podría llevar esos zapatos en la fiesta. Aún así, por dentro, seguía imaginándose paseando con ellos entre la gente importante sintiéndose el centro de atención. Finalmente se probó otros de color negro que costaban 30 euros, que aunque tampoco eran feos sabía que con ellos pasaría más desapercibida. Se probó varias tallas hasta que encontró la que le iba mejor e informó a la dependienta que se los llevaría. Mientras la chica se calzaba de nuevo sus zapatos, la dependienta se llevó al mostrador todos los que se había estado probando, y entre los que se encontraban los maravillosos zapatos de color dorado. Cuando ésta le dio la bolsa con la caja de zapatos, la joven no se preocupó de mirar en su interior y después de pagar salió hacia su piso. Durante el camino siguió pensando en aquellos preciosos zapatos dorados y en lo que hubiera dado por haberlos podido comprar. Lo deseaba de todo corazón. Poco después llegó a su casa y dejó la bolsa en el armario junto al vestido, y se olvidó de ella. Los días siguientes aún pensaba a menudo en aquellos zapatos y una y otra vez se volvía a imaginar vistiéndolos con mucha elegancia. Entonces, cuando llegó el día de la fiesta, volvió al armario y sacó de allí su vestido y la bolsa con la caja de zapatos. ¿Y sabes qué? Ella no se había podido permitir aquellos zapatos, pero como lo había deseado tanto desde lo más profundo de su ser, cuando abrió la tapa de la caja, ¿sabes qué encontró?

-¿Que estaban allí los zapatos dorados? -respondió su hijo con emoción.

-Pues... no. Estaban los zapatos negros.

-¿...?

-Lo que viene a decir que los milagros pasan en los cuentos y que en la vida si quieres algo te lo tienes que ganar. Así que si quieres esa moto vete acabando el bocata y empieza a mover esos sacos de cemento que no se van a subir solos -le dijo dándole un golpe en la espalda.

*          *          *

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una  

domingo, 14 de septiembre de 2014

Mensaje sin palabras

La fotografía fue tomada en Tortellà en 2014


El teléfono móvil estaba sonando y Andrea rebuscaba en el bolso sin acertar a encontrarlo.
 
-¡Está aquí! -clic-. Juan, dime.
 
-Hola cariño. Mira que te llamo porque he pedido hora para ir a ver a Estrella.
 
-¡Ah! ¿Ha pasado otra vez?
 
-Sí, sí, y ya no sé qué hacer.
 
-Bueno, a ver qué te dice. ¿Cuento entonces con que llegarás tarde?
 
-Sí claro. Me ha hecho un favor y me ha dado hora a las nueve.
 
-Vale, quizá nosotros ya habremos cenado.
 
-Claro, claro, vosotros cenad y yo ya llegaré.
 
-Vale cariño.
 
-Venga, un beso.
 
-Otro para ti. Hasta luego.
 
-Hasta luego.
 
Juan trabajaba de informático para una empresa familiar. Hacía más horas que un reloj, pero eso le permitía ahorrar, así algún día podría dejar el apartamento de una sola habitación en el que vivía para irse a una casa con jardín de las afueras. Mucho trabajo y mucho esfuerzo para cumplir un sueño. 

Y ahora otro dolor de cabeza se había sumado a los que ya tenía.
 
-Perdona que te haya hecho quedar hasta tan tarde.
 
-No te preocupes. Cuéntame qué es lo que te pasa.
 
Juan se inclinó ligeramente hacia delante, puso una mano sobre la mesa y comenzó a dibujar formas con la yema del dedo índice. Estrella era la persona a la que recurrían tanto él como su mujer cuando tenían la necesidad. Llevaba mucho tiempo tratándolos y conocía al dedillo el camino que les había llevado hasta su situación actual.
 
-Verás, el caso es que tengo un problema con un sueño -dijo él-. Es un sueño que se me repite muy a menudo y que luego me deja destrozado.
 
-¿Desde hace mucho?
 
-Pues no recuerdo bien cuando fue la primera vez que lo tuve, pero cuenta que será desde hace unas tres o cuatro semanas.
 
-¿Y cada noche?
 
-Casi todas. Igual dos días sí y uno no, pero sin seguir ningún tipo de patrón.
 
-¿Lo recuerdas bien?
 
-Por supuesto. ¿Quieres que te lo cuente?
 
-Adelante.
 
Juan dejó de juguetear con los dedos en la mesa, juntó las manos y se las frotó.
 
-Bueno. La verdad es que la escena que se me repite es bastante breve. Estoy en un parque infantil en el que hay varios juegos para niños. Entonces miro al suelo y sobre la hierba veo un balón de fútbol. Lo recojo y me doy cuenta de que a mi derecha, a cierta distancia, en el mismo parque, hay unas porterías. Yo me encuentro más o menos detrás de una de ellas. Entonces veo que en medio de lo que sería el campo de fútbol está mi padre. Él me mira y yo le grito para que juegue conmigo a la pelota. Pero entonces, él se da media vuelta y se aleja. Y por más que quiero correr tras él, apenas puedo moverme de donde estoy, porque noto que las piernas me pesan una barbaridad. Y veo como él cada vez está más lejos y yo me siento impotente y en mi interior surge una sensación muy mala, de entre vacío y miedo.
 
Juan terminó su relato y Estrella repasó las notas que había tomado.
 
-¿Qué edad tiene tu padre en el sueño? -preguntó.
 
-Ya es mayor, más o menos la edad que tenía cuando murió.
 
-¿Que eran unos cincuenta, verdad?
 
-Sí, cincuenta y tres.
 
-¿Y tú?
 
-Bueno yo a mi no me veo, pero creo que como si fuera ahora.
 
-¿Y qué ocurre después?
 
-Normalmente me despierto, muy angustiado. Y lo peor es que después no logro volverme a dormir. Lo intento, pero cuando cierro los ojos mi cabeza me lleva de nuevo a aquella escena y me vuelve la sensación tan desagradable. Luego lo que hago es levantarme, pero me queda el mal cuerpo todo el día, además del cansancio que acumulo por la falta de sueño -explicó Juan.
 
-Si sueñas eso es porque hay algún tema pendiente de resolver con tu padre -Juan puso cara de extrañez pero dejó continuar a Estrella-. No te preocupes porque es algo bastante común. Es normal que en las relaciones con las personas que queremos surjan cosas que no nos gusten o nos hagan daño y que con el tiempo olvidamos. Entonces puede pasar que algún día, sin ningún motivo, vuelvan a aflorar, y los sueños es un sitio habitual en el que aparecen. La manera de solucionarlo es sencilla. Con tal solo explicarlo a la persona que nos hizo daño desaparece automáticamente.
 
-Ya, pero en mi caso mi padre ya no está.
 
-Tranquilo que ya contaba con eso. En tu caso deberías escribir una carta en la que expliques lo mismo que le dirías en persona. Una vez que lo hayas hecho la puedes guardar o tirar, eso ya no importa. Hay quien prefiere quemarla.
 
-¿Y cómo puedo saber de qué se trata? Con mi padre me llevaba bien, bueno más o menos bien, siempre hay cosas con las que podías tener algún roce, pero que me venga a la cabeza, nada serio.
 
-Ahí tendrás que ser tú quien lo averigüe. El sueño suele dar alguna pista. Tú lo llamas pero él no te responde, igual le pediste un favor y él no te lo hizo -propuso Estrella. Juan se quedó pensando, pero no parecía encontrar aquello que buscaba.
 
-Gracias Estrella, no te quiero hacer perder más el tiempo, ya lo pensaré y haré lo que me has dicho.
 
Juan se despidió de Estrella con dos besos. Una vez más, le había echado una mano, y ya iban muchas, entre ellas, precisamente cuando su padre le dejó.
 
Llegó a casa cuando pasaban unos minutos de las diez. El ascensor le dejó en la tercera planta y sin hacer demasiado ruido abrió la puerta de entrada.
 
-¿Hola? -dijo sin alzar la voz.
 
-Hola cariño -respondió Andrea.
 
-¿Ya está durmiendo Max?
 
-Sí, lo he puesto a dormir hace un cuarto.
 
-Vaya, que lástima.
 
La dedicación a su trabajo hacía que el tiempo que Juan podía pasar con su familia fuera mucho menor del que le gustaría. El pequeño Max tenía ahora poco más de dos años y medio y Juan confiaba que en poco tiempo, cuando ya se hubieran cambiado de casa, podría recuperar todo el tiempo que ahora no le podía dedicar.
 
Andrea escuchó con interés la explicación que Estrella le había dado a Juan sobre su sueño recurrente. Ella había sufrido casi tanto como él las consecuencias derivadas y su preocupación era notable.
 
-Y no sabes a qué se debe, ¿verdad? -adivinó ella al ver el semblante de su marido. Éste permaneció unos instantes en silencio antes de contestar.
 
-Al principio no, pero viniendo hacía aquí creo que he descubierto de qué se trata -respondió con cierta frialdad.
 
-Bien, ¿no?
 
-Sí, sí, claro.
 
-¿Y entonces? ¿Por qué estás así?
 
-Andrea -la voz de Juan parecía denotar preocupación-, es que no sé cómo contártelo.
 
-¿Y eso? ¿Me tengo que preocupar?
 
-No, si no es grave. Bueno eso pienso.
 
-¡Pues dímelo ya!
 
-Es que se trata de algo que no te he contado nunca.
 
Andrea no respondió, se limitó a observarlo a la espera de que Juan prosiguiera.
 
-Es algo que pasó con mi padre sobre ti -a Juan le costaba expulsar cada palabra como si con ello se le fuera parte de su vida-. ¿Recuerdas que te dije que para comprarnos una casa como la que queremos no quería pedirle dinero a mi padre?
 
-Sí.
 
-Pues sí que se lo pedí.
 
-¿Y?
 
-Él me dijo que me lo dejaría, pero que la casa tenía que ir sólo a mi nombre. Yo le pregunté que por qué y él me respondió que... -Juan tomó su tiempo antes de seguir- que no confiaba en ti. Pensaba que cualquier día me dejarías y bueno, ya te puedes imaginar.
 
-¿Y tú qué hiciste?
 
-Le dije..., bueno discutimos un poco y al final le dije que ya no quería que me dejase el dinero. Y luego me inventé eso de que no le quería pedir nada a mi padre, bueno lo que tú ya sabes.
 
-Vaya -dijo Andrea algo desconcertada.
 
-Cariño, no te lo quise contar para evitar roces con mi padre, aunque es cierto que yo desde aquel momento tampoco mantuve la misma relación con él. Más tarde, cuando murió pensé en explicártelo, pero se me hacía muy pesado y mira, preferí olvidarlo. Lo siento -dijo cabizbajo.
 
-Juan, no tienes que disculparte. Hiciste lo que creíste mejor en aquel momento.
 
-Ya, pero ahora me siento mal por habértelo escondido.
 
Andrea percibió el sentimiento de culpa de su marido y se apresuró a abrazarlo. Él la apretó con fuerza contra sí y permanecieron juntos durante unos segundos.
 
-Va, ves a hacer lo que te ha dicho Estrella y cena lo que te he dejado en la cocina que yo te espero en la cama.
 
-Si quieres me puedes acompañar, no me importa.
 
-Creo que es mejor que cierres los temas pendientes con tu padre tú sólo -le respondió con una leve sonrisa.
 
-Ya, lo entiendo. Gracias cariño.
 
Se dieron un beso y Andrea se fue hacia el único dormitorio del apartamento. Juan, mientras tanto, se puso manos a la obra con el trabajo que tenía que zanjar, aquel asunto pendiente que después de tanto tiempo había rebrotado en su interior.
 
Juan se tomó su tiempo. Quería hacer aquella última carta, la última despedida, de una manera consciente y con serenidad. Escribiría aquellas palabras y después dejaría que el fuego las consumiese y con él sus pesadillas. Y por fin volvería a ser libre, y quería creer que con aquel acto, a su vez, su padre podría descansar en paz.
 
Y el humo poco a poco se fue elevando hacia la oscuridad del cielo. Juan cerró la balconera y se fue a la habitación. Su mujer se había quedado dormida, y a su lado el pequeño Max. Se quedó unos instantes observándolos, disfrutando de lo mejor que la vida le había regalado y después se acostó en el lado vacío de la cama.
 
-¿Ya está? -preguntó Andrea que se había despertado al escucharlo entrar.
 
-Sí cariño, ya está.
 
-Muy bien.
 
-Andrea.
 
-¿Si?
 
-Tengo mucha suerte de estar contigo.
 
-Yo soy la afortunada.
 
-Y de tener a Max -añadió.
 
-Sí, es un niño maravilloso.
 
-Tengo ganas de poder pasar más tiempo con él.
 
-Él también. Hoy quería ir a jugar a pelota contigo.
 
-A ver si puedo mañana. Buenas noches.
 
-Buenas noches cariño.
 
En ciertos momentos de la vida, cuando no se tiene suficiente edad para poder expresar los sentimientos con palabras, existen otros mecanismos para poder transmitir las necesidades a los seres próximos. Y uno de ellos es a través de los sueños.
 
Cuando Juan se estiró en la cama, el pequeño Max se dio la vuelta y puso su pequeño brazo sobre el pecho de su padre. Y con aquel gesto abrió una conexión, un vínculo entre padre e hijo, con el que transmitió de nuevo un mensaje sin palabras. Aquella noche Juan volvería de nuevo al parque. 



*          *          *

 
Mensaje sin palabras surgió una noche observando a mi hijo mientras dormía. Me preguntaba qué sueños debe de tener un niño de dos años y cuáles son sus ilusiones. Yo no tengo recuerdos de cuando tenía esa edad, pero estoy convencido que para él el momento más importante del mundo es el ahora, no hay preocupaciones de lo que ha pasado ni de lo que tiene que venir. ¡Qué afortunado!
   
Sobre relaciones entre padres e hijos, sobre todo malas relaciones, se ha escrito y se escribirá mucho. Quiero aprovechar para mencionar una historia reciente publicada en forma de cómic sobre esta temática: "The Cartoonist", aunque no tanto para hablar de su hilo argumental, que por otro lado es muy consistente y gusta tanto a quien es aficionado al mundo del cómic como a quien no, sino para elogiar a su guionista, mi "muy amigo" Paco Hernández, quien es un ejemplo de consecución de sus objetivos a base de empeño, y a pesar de los obstáculos que se le han presentado en el camino y, por encima de todo, mostránsose siempre tal y como es.



Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una  

viernes, 29 de agosto de 2014

Moon on the man

La luna a lo largo de la historia ha inspirado a poetas, músicos y artistas en la creación de sus obras. Hay quien la ve como algo mágico, o como un deseo, una musa o algo imposible de alcanzar. Y hay quien, sin embargo, no ve más que una enorme roca capturada por nuestro planeta.

La fotografía fue tomada en La Garrotxa en 2011

-¿Eres Kocinski? -preguntó mirando de reojo al viejo.

-Ajá.

-¿Lo has traído?

-Ajá.

Wayne volvió la cabeza hacia su acompañante y de nuevo fijó su mirada en Kocinski.

-Sentaos -dijo finalmente el viejo haciendo un gesto vago con la mano.

Había oscurecido y con la noche la calma se había apoderado de las personas anónimas que estaban en aquel restaurante de carretera: seis o siete clientes sentados en la barra, una pareja jugando al billar y en una mesa tres personas que se habían encontrado.

La vida parecía incluso más intensa en el aparcamiento, donde los camioneros que trasnocharían allí se reunían alrededor de una hoguera improvisada y compartían historias de las que solamente ellos comprendían su significado.

En el interior, los dos invitados se habían sentado al otro lado de la mesa.

-¿Por qué nos has hecho venir hasta este lugar?

Las palabras de Wayne denotaban cierto grado de intranquilidad. Kocinski reparó en ello y sonrió levemente antes de responder.

-Me gusta hacer los negocios como se hacían antes -respondió desviando la mirada hacia el joven que lo acompañaba.

-Ya.

-¿Es tu hijo? -preguntó. Wayne no respondió enseguida. Quería terminar aquello lo más pronto posible y odiaba perder el tiempo en presentaciones.

-Él es Kevin, mi hijo mayor, el que seguirá el negocio -respondió. Kevin no dijo nada, se limitó a observar al viejo, manteniéndole la mirada como si de un desafío se tratase. Aquél no rehuyó esa invitación.

-Muy bien -dijo por fin Kocinski liberando al joven de su atadura. Se echó un poco hacia delante, lo justo para poder coger algo que tenía bajo la mesa. Padre e hijo, al otro lado, siguieron cada uno de sus movimientos en silencio.

Kocinski levantó con gran esfuerzo una extraña caja de color oscuro. Al dejarla sobre la mesa ésta tembló y por un momento dio la sensación de que se partiría en dos.

-¿Por qué pesa tanto? -preguntó Kevin con curiosidad. Wayne lo miró con cara de desaprobación, había quedado claro que el trato lo llevaría él.

-Es de plomo -respondió el viejo sonriendo con una mueca-. Por la radiación.

-¿Radiación? Eso es peligroso -dijo el joven alarmado. Su padre lo cogió del brazo y con una mirada le indicó que se mantuviera en silencio. Aunque fue Kocinski quien contestó.

-Tranquilo que esta radiación no te va a hacer daño.

Entonces la puerta del bar se abrió con un chirrido que cortó la tensión del momento. Un hombre joven apareció por la puerta y miró hacia el interior. Se dirigió a la barra, se sentó en un taburete y levantó ligeramente la solapa del sombrero antes de dirigirse al barman. Nada fuera de lo normal.

-¿Habéis traído el dinero? -preguntó Kocinski.

-Lo hemos traído, pero enséñanos primero lo que hay dentro -respondió Wayne.

El viejo sonrió y lentamente abrió uno tras otro los tres cierres de la caja. Clac, clac, clac. A continuación levantó despacio la tapa. Sus dos acompañantes involuntariamente se echaron hacia delante empujados por la curiosidad.

-Un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad -dijo a la vez que extraía del interior una roca de color blanquecino y de forma irregular. Con calma la dejó sobre la mesa, a media distancia entre él y sus invitados. Éstos permanecieron callados como si aquella piedra los hubiera hipnotizado.

-Tenemos que ir deprisa -dijo Kocinski despertándolos de su particular letargo al mismo tiempo que echaba una ojeada a su reloj.

-¿Cómo es que tienes tú esto? -preguntó Wayne.

-Y qué coño importa. Me la dio Aldrin personalmente.

El viejo parecía estar extrañamente nervioso. ¿Por qué tenía prisa ahora?

-¿Y cómo podemos saber que es autentica?

-Porque te lo digo yo.

-¿Tienes un certificado?

-No me hagas reír.

-No te vamos a pagar todo ese dinero porque sí, sin asegurarnos de que no nos quieres engañar.

Kocinski escudriñó a su interlocutor y después miró de nuevo su reloj.

-¿Lo quieres o no lo quieres? -preguntó seriamente. Wayne observó la roca, estaba nervioso. Respiró profundamente y miró al viejo. Aquél esperaba una respuesta.

-Me la tendría que llevar para analizarla -dijo.

-Cuando me des el dinero podrás hacer lo que quieras con ella.

-Te pagaré después.

-Je je... Olvídalo -dijo el viejo cogiendo de nuevo la roca y guardándola en la caja.

-¡Espera! -lo interrumpió Wayne. Kocinski se detuvo y levantó la mirada.

-¿La puedo coger? -Kocinski vaciló- Si quieres que te pague, voy a tener que comprobar qué es lo que estoy comprando, ¿no?

El viejo se lamió el labio inferior y finalmente le acercó la piedra a Wayne. Cuando éste la tuvo en las manos la volteó para observarla desde varios ángulos.

-¿Qué garantía me das?

-Aquí me puedes encontrar cada noche.

Wayne parecía estudiar las opciones que le quedaban, pero sabía que no había más que una.

-Papá, es mucho dinero -su hijo interrumpió sus pensamientos.

-Déjame Kevin, sé lo que estoy haciendo -le respondió sin dejar de mirar al viejo.

Aquella era una oportunidad única. Para un tratante de antigüedades era lo máximo a lo que se podía aspirar. Además ya tenía un comprador y una cantidad que alcanzaba las siete cifras. El gran golpe. Pero a la vez corría un enorme riesgo. No era experto en piedras lunares, casi nadie podía serlo. No había tenido la oportunidad de tener ninguna entre manos y con simples fotografías no podía certificar su autenticidad.

Dejó el objeto lentamente sobre la mesa y volvió la cabeza hacia su hijo.

-Dame el maletín -dijo.

-Papá -respondió él con voz alarmada.

-¡He dicho que me des el maletín! -insistió Wayne levantando el tono de voz. Kevin obedeció y colocó sobre la mesa un maletín de color negro. Wayne abrió los seguros y se lo pasó a Kocinski.

-Doscientos mil -dijo. El viejo alargó sus brazos, pero antes de que pudiera levantar la tapa, Wayne puso su mano encima.

-Y tu vida si nos has engañado -añadió. Kocinski levantó la vista y se lo quedó mirando.

-Tranquilo, pronto sabrás que es autentica -respondió. Wayne, extrañado, miró a su hijo y éste oteó a su alrededor. Nada fuera de lo normal.

-¿Qué quieres decir? ¿¡No nos la habrás jugado!? -exclamó con agresividad.

-Cálmate. No hay ninguna trampa. Yo soy un hombre de palabra.

La tensión se podía palpar en el ambiente. Había mucho en juego y Wayne no quería que aquello se le fuera de las manos. Y en ese momento tenía la sensación de que las cartas estaban marcadas y que el viejo llevaba la mano ganadora.

-¡Kevin! ¡Dame la bolsa! -ordenó.

Cogió la roca y la introdujo en su interior.

-Nos vamos -indicó y ambos se levantaron de sus sillas.

-¿No queréis la caja? -preguntó Kocinski. Wayne miró al viejo con la misma desconfianza con la que lo había mirado desde que entró en el restaurante. Desvió la vista hacia la caja de plomo y se dio la vuelta sin responder.

Abandonaron el bar con rapidez, deseando llegar al coche y salir de aquel lugar. Temían que en cualquier momento surgiera una amenaza o se vieran en medio de una encerrona. Pero nada de eso ocurrió.

Kocinski observó desde su silla la salida de sus clientes y, cuando los perdió de vista tras la puerta, miró de nuevo su reloj y gesticuló una leve mueca. A continuación, cogió el maletín, se levantó y con calma se dirigió hacia la salida trasera del local.

Mientras caminaba despacio pudo escuchar las voces de los que había tanto dentro como fuera del restaurante.

-Creo que me estoy mareando -dijo una voz.

-No eres tú, aquí pasa algo raro. ¡Mira las bolas! ¡Se están moviendo solas! -respondió otra voz.

-¿¡Pero qué coño está pasando!? De repente me siento más ligero -añadió otra. El murmullo de voces en el interior del local fue en aumento y el nerviosismo se fue apoderando de aquellas personas.

Una vez en el exterior, escuchó otras voces menos desconocidas.

-¿¡Papá, qué está pasando!?

-¡Pero qué coño! ¡Algo está tirando de la bolsa hacia arriba!

-¿Arriba? -silencio-. ¡Joder! ¡La luna! ¡Va a chocar con nosotros!

-¡Mierda! ¡Se me lleva!

-¡Papá! ¡Suéltala!

-¡Aaaahhhh! -un golpe.

-¡Papá! ¿¡Estás bien!?

-¡Mierda! ¡Creo que me he roto algo! ¿Y la bolsa? ¡La piedra! ¡Tiene que haber caído por algún lado! ¡Búscala! -silencio.

-No, no ha caído -silencio-. Se la ha llevado la luna.

-¡No digas gilipolleces! Como coño se va a... -silencio.

-Se está alejando...



*          *          *


El título y la ambientación de la historia se han tomado prestados de la canción "Man on the Moon" de R.E.M. La canción que por aquellos tiempos me abrió las puertas del maravilloso mundo de la música. Un homenaje para este primer post del blog.




Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una